Hay una pregunta que llevo semanas dándole vueltas.
Si voy a seguir haciendo esto. Si voy a seguir con mi propio negocio.
Para alguien que acompaña a otros a decidir su rumbo, reconocer que duda del propio se siente raro. Casi contradictorio.
Pero dejé de verlo así.
Porque conozco la diferencia entre dos cosas que desde afuera parecen lo mismo: dudar y estar perdida.
Estar perdida es no saber dónde estás ni hacia dónde vas, y disimularlo.
Dudar es saber exactamente dónde estás, y preguntarte con honestidad si sigue siendo donde quieres estar.
Eso último lo hago con mis clientas todo el tiempo. Las hago parar. Mirar lo que ya no está funcionando sin adornarlo. Decidir con criterio en lugar de seguir por inercia.
Por primera vez en mucho tiempo, lo estoy haciendo conmigo.
Y lo que encuentro es que la duda no apareció porque algo esté roto. Apareció porque una etapa se cerró y todavía no le pongo nombre a la siguiente.
Antes eso me habría asustado. Hoy lo leo distinto. La incomodidad de no saber qué viene es el precio de no quedarte en un lugar solo porque ya estás ahí.
No tengo la respuesta todavía. Y no la voy a fingir para sonar como alguien que lo tiene todo resuelto. Este espacio nunca fue para eso.
Lo que sí tengo es la disposición a hacerme la pregunta en serio. Y en mi experiencia, ahí es donde empiezan las decisiones de verdad. No en la certeza. En una pregunta honesta que uno se sostiene sin apurarse a cerrarla.
Para que lo pienses: ¿cuándo fue la última vez que te detuviste a preguntarte, en serio, si el camino que llevas sigue siendo el que quieres… en lugar de seguir solo porque ya empezaste?
Con cariño,