Cerré la semana pasada diciendo que julio todavía me tenía un último caso guardado. Este no me pasó a mí. Le pasó a Simón, mi marido, y yo lo viví de cerca, semana tras semana, sin poder hacer nada más que mirar.
Anduvo un buen tiempo buscando un crédito para capital de trabajo. Pasó de banco en banco, sin encontrar una solución real, hasta que llegó a uno donde le dijeron que primero tenía que abrir una cuenta corriente con todos los productos que tenían disponibles.
Lo hizo un poco bajo presión. La persona que lo atendía tenía a su jefe encima, porque era el último día del mes. Y para cerrar el trato, el jefe mismo lo llamó. No para resolverle nada. Para asegurarle que, si dejaba lista la cuenta ese día, el lunes siguiente podría pedir el crédito sin ningún inconveniente.
Una promesa hecha por la persona con más autoridad en esa sucursal. Y una promesa que resultó ser mentira.
Porque tiempo después, cuando quiso que lo evaluaran para el crédito que en realidad buscaba, le dijeron que tenía que esperar unos meses. Algo que yo ya sospechaba, porque he trabajado en ese rubro y conozco cómo funciona por dentro.
Pero lo peor no fue eso.
Cuando quiso cerrar la cuenta que nunca pidió, no pudo. Tenía un saldo en comisión por un producto que jamás usó. Ningún movimiento, ningún uso, y aun así había que pagar.
Pagó lo que no tenía por qué pagar. Le dijeron que llamara a un número para terminar el proceso. Llamó. Le dijeron que eso no se podía hacer por teléfono, que tenía que volver a la sucursal.
Todo ese recorrido, solo, por algo que nunca pidió. Y ahí entendí algo que ya sabía en teoría, pero que esta vez viví en carne propia: a esa ejecutiva no le interesaba que Simón se quedara como cliente. A su jefe, tampoco. Ninguno de los dos actuó pensando en si el crédito llegaba o no, o en si esa cuenta le servía para algo. Actuaron pensando en cerrar el mes.
Porque la gente hace aquello por lo que le pagan. Si a alguien le miden la venta del producto y no la relación que queda después, va a vender el producto y va a dejar que la relación se rompa, incluso si tiene que mentir para lograrlo. No es maldad. Es que el sistema le está diciendo, todos los meses, qué es lo que realmente importa.
Y esa promesa incumplida sí sirvió para algo: cumplir la meta comercial del mes de esa ejecutiva.
Y pienso, con toda la ironía que se merece: qué manera tan efectiva de engañar y hacerle la vida difícil a un cliente. Esa es una forma segura de lograr que nunca te olvide.
Para mal.
Cierro julio dándome cuenta de algo: entre un live, una clínica, un podcast y un banco, terminé recorriendo los dos mundos en los que trabajo sin proponérmelo. Y en los dos, la historia fue la misma. El problema nunca fue que faltara información. Fue que alguien, en algún momento, tuvo la posibilidad de decidir distinto y no lo hizo, porque nadie le pagaba por hacerlo.
Para que lo pienses: en tu negocio, ¿a tu equipo le pagas por cerrar el mes, o le pagas por cuidar al cliente que viene después del mes?
Con cariño,