María Cossio

Estaba a punto de explicar algo “básico”. Y tuve que recordarme, a mí misma, que no había nada de malo en eso

Cerré julio hablando de Authentique, el salón con el que trabajo hace más de tres años. Y quiero cerrar agosto con ellas también, porque lo que vivimos esta semana conecta directo con todo lo que te he contado este mes.

Hicimos una capacitación sobre el Panel Profesional de Instagram: esa sección que le muestra a cualquier cuenta de negocio datos como cuántas cuentas vieron sus publicaciones, cuántas personas visitaron el perfil, o qué contenido generó más interacción. Información que existe hace años, disponible para cualquiera que tenga una cuenta profesional.

Antes de empezar, dudé un momento. Pensé: esto es básico, ¿de verdad necesitan que se lo explique desde cero? Y ahí me di cuenta de que estaba cayendo en el mismo error del que llevo hablando todo agosto: suponer que el otro ya sabe lo que yo doy por sentado.

Empezamos revisando, juntas, qué significa cada dato. Qué es el alcance y por qué no es lo mismo que las visualizaciones. Qué te dice una visita al perfil, que no te dice un simple me gusta. Cómo leer esos números no como un examen, sino como una forma de escuchar mejor a quién les compra.

Y lo que vi en esa sala tenía que ver con algo mucho más común de lo que solemos admitir y no con falta de capacidad: nadie se había tomado el tiempo de explicarlo así, con calma, sin dar nada por sabido.

Eso me hizo pensar en algo que aplica a cualquier negocio, no solo al de belleza: cuando capacitamos a un equipo o le explicamos algo a un cliente, tendemos a asumir un piso de conocimiento que muchas veces no existe. Y cuando esa persona no entiende, casi nunca lo dice. Se queda callada, asiente y sigue haciendo las cosas como puede, con la mitad de la información.

La otra parte de esto, la que más me importa dejar clara, es que enseñar lo básico no te hace menos profesional. Al contrario. Explicar algo simple, de forma clara y sin apuro, es una de las habilidades más difíciles de encontrar. Cualquiera puede sonar experto usando palabras complicadas. Muy pocos logran que algo complicado suene simple, sin que pierda su valor.

Terminamos esa sesión con algo más que datos leídos. Terminamos con preguntas mejores: no cuántos seguidores tenemos, sino qué nos está diciendo esta información sobre lo que quiere nuestro cliente. Ese cambio, de mirar números a entender personas, es exactamente el punto donde empieza a subir la rentabilidad de cualquier negocio.

Cierro agosto dándome cuenta de algo que atravesó las cuatro semanas sin que lo planeara: entre una reunión, un abogado, un producto que nació de mi propia necesidad y una capacitación en un salón, la misma idea apareció una y otra vez. Atender bien, vender bien, enseñar bien: todo empieza en la misma habilidad, que es traducir lo complicado en algo simple, sin perder lo importante en el camino.

Para que lo pienses: ¿hay algo que le explicas a tus clientes o a tu equipo dando por sentado que ya lo saben? ¿Cuándo fue la última vez que lo confirmaste?

Con cariño,

María Angélica Cossio