María Cossio

“Explícamelo como si tuviera cinco años”, me dijo un cliente. Y ahí entendí que llevaba media reunión hablando sola

Estaba en una reunión revisando un diagnóstico. Llevaba diez minutos hablando de fricciones, de puntos de contacto, de brechas entre lo que promete un negocio y lo que realmente vive el cliente. Palabras que para mí son cotidianas. Para la persona al otro lado de la mesa, no.

Se quedó callada un momento. Después me dijo, sin ninguna vergüenza: ¿me lo puedes explicar como si tuviera cinco años? Estoy perdiendo el hilo.

No lo dijo para minimizarse. Lo dijo porque quería entender de verdad y sabía que interrumpir a tiempo era mejor que asentir sin entender nada.

Ahí me acordé de algo que escuché hace años: que si puedes explicarle algo complicado a un niño de cinco años, entonces realmente lo entiendes tú. Y si no puedes, probablemente el problema no es la persona que escucha. Es que tú todavía no lo tienes tan claro como crees.

Bajé el ritmo. Cambié las palabras. Y la reunión, que se estaba estancando, volvió a fluir.

Esto pasa constantemente: hablamos en el idioma que dominamos, no en el que entiende quien tenemos al frente. Y esa diferencia, que parece un detalle menor, es una de las fricciones más comunes e invisibles, en la atención al cliente.

Piensa en cualquier rubro. Un dermatólogo que explica un tratamiento con nombres técnicos. Un banco que entrega las condiciones de un crédito en letra pequeña y lenguaje legal. Una tienda que responde una consulta con que eso depende de las políticas internas. El cliente asiente. Pero no entendió. Y un cliente que no entiende no compra con confianza, no vuelve con seguridad y muchas veces no reclama: simplemente se va y uno nunca sabe por qué.

Entonces, ¿cuáles son las características de alguien que realmente sabe atender a un cliente? No es solo empatía, ni amabilidad, ni rapidez, ni memorizar todo el catálogo. Hay algo más de fondo.

Habla en simple, sin perder precisión. Simplificar significa quitar lo innecesario, no la información en sí, para que lo esencial llegue completo.

Chequea si el otro entendió, no si escuchó. Hay una diferencia enorme entre preguntar “¿me explico?”, que casi siempre se responde con un sí automático y notar de verdad la cara de quien te escucha.

A veces usamos tecnicismos porque suenan más profesionales. Pero cuando el cliente no entiende, ese lenguaje deja de sumar y empieza a alejar.

Se adapta a quien tiene al frente, en vez de repetir el mismo discurso siempre. La misma información se explica distinto a alguien que ya sabe del tema y a alguien que recién está llegando.

Lo curioso es que esa misma semana yo estaba metida hasta el cuello en un ejercicio de traducción mucho más difícil que cualquier reunión: traducir una ley completa a algo que un dueño de negocio pudiera entender sin necesitar un abogado al lado. Y ahí aprendí, otra vez, que lo simple no siempre es fácil de lograr. Te cuento cómo me fue la próxima semana.

Para que lo pienses: la próxima vez que le expliques algo a un cliente, ¿podrías repetirlo usando solo palabras que usaría un niño de cinco años?

Con cariño,

María Angélica Cossio