Este último tiempo he tenido varias entrevistas. Algunas sobre mi trabajo, otras sobre emprendimiento, clientes, mi historia y cómo llegué hasta acá.
Pero hubo una pregunta que probablemente ha sido la más personal que me han hecho. ¿Cómo construyes un negocio cuando no sabes con cuánta energía vas a despertar mañana?
Me quedó dando vueltas incluso después de terminar la entrevista.
Porque en 2018 fui diagnosticada con fibromialgia, fatiga crónica, déficit atencional y altas capacidades. Y emprender con todo eso ha significado, entre muchas otras cosas, aprender que mi cabeza puede querer hacer muchísimo más de lo que mi cuerpo algunos días puede sostener.
Hay días en que mi cabeza va a 200 y mi cuerpo a 20.
Tengo ideas, quiero trabajar, crear, avanzar, hacer veinte cosas al mismo tiempo. Puedo incluso acostarme dejando perfectamente planificado el día siguiente. Y despertar con dolor, agotada o después de una noche que no reparó absolutamente nada.
Durante mucho tiempo eso me frustró muchísimo.
Yo venía de una forma de vivir donde, si había que trabajar más, trabajaba más. Si aparecía un problema, lo resolvía. Si necesitaba conseguir algo, buscaba la manera. Mi respuesta habitual frente a casi todo era: “yo puedo”.
Y durante bastante tiempo intenté seguir emprendiendo exactamente de la misma manera.
Me sobreexigía, cumplía con todo, hacía más de lo que podía sostener y después mi cuerpo me obligaba a parar.
Podía ganar un día siendo tremendamente productiva y perder varios recuperándome de él.
Hasta que tuve que empezar a hacerme una pregunta demasiado incómoda: ¿Cómo construyo el negocio que quiero sin dejarme a mí misma fuera de ese diseño?
Spoiler: No tengo una respuesta perfecta. Todavía me sobreexijo. Todavía me cuesta parar. Todavía me frustra querer hacer algo y descubrir que ese día simplemente no puedo.
Pero he aprendido a priorizar, pedir ayuda, cambiar planes y aceptar una contradicción que forma parte de mi vida: puedo ser profundamente ambiciosa con lo que quiero construir y al mismo tiempo, necesitar respetar límites que no elegí.
Y quizás uno de los aprendizajes que más me ha costado incorporar es este: Mi capacidad no desaparece porque un día mi cuerpo tenga menos capacidad disponible.
Parece obvio cuando lo escribo. No siempre lo es cuando llevamos años asociando cuánto hacemos con cuánto valemos.
No voy a decir que mis diagnósticos fueron un regalo. Tampoco que gracias a ellos hoy soy una mejor persona o que aprendí a convivir maravillosamente con todo esto.
Hay cosas difíciles que simplemente son difíciles.
Pero sí me obligaron a revisar algo que durante años di por sentado: que para conseguir más tenía que exigirme más.
Hoy estoy intentando construir de otra manera. Un negocio que pueda crecer sin necesitar que yo me destruya para sostenerlo.
Algunos días me resulta mejor que otros. Y quizás eso también forma parte de este Diario de una Consultora. Porque detrás de las publicaciones, los clientes, las entrevistas, los proyectos y todo lo que ustedes ven avanzar, hay días en que puedo muchísimo.
Y otros en que puedo bastante menos.
Sigo siendo la misma en ambos.
Con cariño,