Horas para atenderme.
Un minuto para responder.
Hay coincidencias que parecen escritas a propósito. Hace unos días estaba preparando un contenido sobre las barreras que encuentran los clientes cuando necesitan hablar con una persona. Minutos después, me tocó vivirlo con mi banco.
Esperé horas. Tuve un minuto.
Necesitaba hacer una consulta bastante simple por WhatsApp. Pasé por la validación de identidad y esperé horas hasta que apareció un ejecutivo. Cuando finalmente llegó mi turno, tuve un minuto para responder.
No alcancé. Cerraron la conversación y tuve que comenzar nuevamente.
Me quedé mirando el teléfono, pensando en esa diferencia:
Yo podía esperar horas, pero el banco solo podía esperarme un minuto.
Durante esa espera mi día había seguido. No podía quedarme mirando la pantalla indefinidamente, pendiente de un mensaje que no sabía cuándo llegaría. Sin embargo, para conseguir atención tenía que estar disponible justo en ese momento.
Instantánea no significa inmediata
Por eso creo que necesitamos recordar algo:
Mensajería instantánea no significa respuesta inmediata.
Que un mensaje llegue al instante no quiere decir que la persona pueda contestarlo al instante. Y eso aplica a ambos lados de la conversación.
Mi consulta podía esperar. Pero pensé en cómo habría vivido esa misma situación si estuviera preocupada por un cobro que no reconozco o por dinero que falta en mi cuenta. Tener que empezar otra vez habría sumado incertidumbre a un momento que ya era difícil.
Antes de buscar responsables
Cuando pasan estas cosas, es fácil apuntar a quien nos atendió. Yo también me frustré con el cierre. Pero desconozco cuánto podía decidir ese ejecutivo y cuánto estaba obligado a cumplir una regla.
Como consultora, esa es una pregunta que me interesa hacer antes de buscar responsables:
- ¿Qué instrucciones recibió esa persona y qué opciones tenía para ayudarme?
Tal vez el tiempo de espera para responder estaba definido de antemano. Tal vez mantener la conversación abierta afectaba sus resultados. No sé qué ocurrió internamente. Lo que sí sé es que mi consulta seguía pendiente cuando el sistema dio la conversación por terminada.
Cerrada no es lo mismo que resuelta
Ahí está el punto que me preocupa.
Podemos registrar una atención cerrada sin haber resuelto lo que llevó al cliente a escribir.
Si solo miramos cuánto duró la conversación, esa diferencia puede quedar fuera del reporte.
Decisiones que parecen pequeñas
También hubo otra situación que me llamó la atención: el sistema me preguntó si quería validar mi identidad. Elegí que no, pero sin hacerlo no podía recibir atención. Si era un requisito para continuar, habría sido más claro explicarlo desde el principio.
Son decisiones que parecen pequeñas cuando diseñamos un canal. Para quien lo usa, pueden significar repetir pasos, perder tiempo o quedarse sin respuesta.
El trato importa. Las reglas también.
Esta experiencia me recordó por qué insisto tanto en revisar cómo se organiza la atención. El trato de una persona importa, pero también importan las reglas con las que trabaja.
Antes de cerrar una conversación por falta de respuesta, me gustaría que nos preguntáramos cuánto esperó ese cliente y qué tendrá que hacer para retomar su consulta.
Porque cuando volví a empezar, mi necesidad era exactamente la misma.
Lo que había cambiado eran mis ganas de seguir intentando.