El mes pasado me entrevistaron en dos instancias distintas. Llegué con mucha ilusión y aunque fueron buenas experiencias en varios sentidos y aprendí muchísimo, me fui con algunas cosas dando vueltas.
La primera tiene que ver con lo que significa mostrarse. A veces escucho que estos espacios son una forma de alimentar el ego, de buscar reconocimiento o de hacerse un cariñito a una misma. Pero para mí salir y hablar de lo que hago me cuesta bastante más de lo que se ve.
Mientras nadie te conoce, tienes cierta libertad para pasar inadvertida. Puedes equivocarte, cambiar de opinión o decir algo sin pensarlo demasiado y seguir con tu día. Cuando empiezas a exponerte, sientes que hay más ojos mirando y que tus palabras quedan dando vueltas, incluso cuando tú ya encontraste una mejor forma de explicar lo que querías decir.
Y bueno, mi pelo borgoña tampoco colabora demasiado con el anonimato, eso también debo reconocerlo.
Quiero que mi trabajo se conozca y entiendo que mostrarme es parte de eso. Aun así, me da miedo. Puedo llegar entusiasmada a una entrevista y sentirme vulnerable al mismo tiempo. Por eso, la forma en que me reciben influye tanto en cómo vivo ese momento.
Ahí aparece la segunda cosa que me quedó dando vueltas.
Tal vez, por dedicarme a las experiencias de servicio, me fijo más en los detalles. Pero hubo momentos en que sentí que lo principal era hacer la entrevista y pasar a lo siguiente. Me faltó ese cuidado que ayuda a una persona a acomodarse, bajar los nervios y sentirse bienvenida.
Cosas tan sencillas como tener agua disponible o un lugar donde dejar la cartera. Parecen detalles pequeños, hasta que estás tratando de concentrarte en lo que vas a decir mientras ves dónde están dejando tus cosas.
No esperaba una producción enorme. Me habría bastado sentir que alguien había pensado en cómo iba a vivir ese encuentro.
Me cuesta escribirlo porque también hubo cosas buenas y personas que hicieron posible esos espacios. Estoy agradecida por la oportunidad. Pero el agradecimiento no borra lo que me incomodó, y creo que puedo reconocer ambas cosas.
Además, esto toca algo que me pesa hace tiempo. Todavía escucho hablar del trabajo de las mujeres como si fuera un hobby, una manera de entretenerse o de ganar algo de dinero. Como si la seriedad de lo que hacemos tuviera que demostrarse una y otra vez.
Por eso me hace tanto ruido que, en espacios que buscan visibilizar nuestro trabajo, se descuiden cosas tan fáciles de preparar. Si queremos reconocer a alguien como profesional, ese reconocimiento también se tiene que sentir en cómo la recibimos.
Mi primera reacción fue pensar: «No podemos cometer estos errores». Después me detuve. No quiero sumar otra exigencia a esa mochila ni pedir que hagamos todo perfecto. Sí creo que podemos prestar más atención a los detalles que dependen de nosotros y que hacen más amable la experiencia de otra persona.
Hoy no sé si repetiría esas entrevistas tal como fueron. Sí volvería a conversar, a compartir lo que sé y a mostrar mi trabajo. Solo que ahora tengo más claro cuánto valoro el cuidado alrededor de ese momento.
Porque cuando alguien acepta una invitación a mostrarse, llega con su experiencia, sus ganas y también sus nervios. Me gustaría que, al preparar ese encuentro, pensáramos en la persona que va a sentarse frente a nosotros, además de las preguntas que queremos hacerle.
Con cariño,