María Cossio

No es que no tenga miedo. Lo hago con miedo

Estas últimas semanas he recibido algunos comentarios en LinkedIn que me han dejado pensando. Personas que me dicen que les gustaría atreverse a hacer lo que yo hago, a expresar lo que piensan o tener la seguridad para plantear una opinión públicamente.

También ocurre algo que, a estas alturas, ya me causa un poco de gracia: de vez en cuando aparece alguna persona dispuesta a explicarme, corregirme o indicarme cómo debería haber planteado algo.

Y cada vez que leo uno de esos comentarios pienso lo mismo: si supieran cuánto dudo antes de apretar “publicar”.

Porque quiero ser muy honesta con esto. Yo todavía tengo miedo de muchas cosas y probablemente una de las que más me cuesta manejar es la posibilidad de equivocarme.

Me preocupa plantear una idea y que no se entienda como quería, que alguien la interprete de una manera completamente distinta o compartir un dato que no sea correcto. Puedo revisar una fuente cinco veces, buscar otras que digan lo mismo, volver al documento original y aun así quedarme pensando si se me habrá escapado algo.

Con los años he aprendido muchísimo, tengo más experiencia y confío bastante más en mi criterio, pero eso no significa que la inseguridad haya desaparecido.

Y no ocurre solamente cuando publico.

También aparece cuando trabajo durante semanas en algo y los resultados no son los que esperaba. Cuando pruebo una cosa, después otra, cambio, corrijo, vuelvo a intentar y pareciera que nada termina de moverse al ritmo que necesito.

Esa parte es emocionalmente agotadora.

En esos días tengo un mantra que me repito una y otra vez: confía en el proceso.

A veces funciona perfecto. Otras veces soy mi peor enemiga y tengo que hacer un esfuerzo enorme para no escuchar esa voz que cuestiona absolutamente todo. Y hay días en que consigo hacer lo contrario: convertirme en mi mejor coach, mirar hacia atrás y recordarme todo lo que he construido y por qué sigo haciendo esto.

Me encantaría contarles que llega un momento en que todo eso desaparece. Que después de cierta cantidad de años, clientes o experiencia una adquiere una seguridad inquebrantable.

Al menos a mí no me ha pasado.

Sigo dudando. Sigo teniendo miedo. Hay días en que las cosas no funcionan y sostenerse cuesta muchísimo.

Lo que sí ha cambiado es que ya no dejo que eso determine si avanzo o no. Y creo que tiene mucho que ver con mis clientes.

Cuando alguien confía en mí para entrar a su negocio, trabajar con su equipo, detectar algo que no está funcionando o acompañarlo en una transformación, mi compromiso con lo que esa persona necesita termina pesando más que mis propias inseguridades.

Por eso insisto tanto. Por eso porfío. Si algo no funciona, busco otra manera. Si no sé algo, lo estudio. Si tengo dudas, pregunto. Y si voy a entregar algo, necesito sentir que hice todo lo que estaba a mi alcance para que realmente le sirva.

Sé perfectamente que tengo mucha competencia. Habrá personas más preparadas que yo en determinadas materias, con más títulos, más diplomas y conocimientos que yo todavía no tengo. Eso ya no necesito discutirlo conmigo misma.

Lo que sí sé es cómo me comprometo con las personas que deciden confiar en mí. Y quizás eso es lo que no alcanzan a ver quienes me dicen que les gustaría tener mi seguridad.

No siempre es seguridad. Muchas veces es miedo, dudas y una conversación bastante intensa conmigo misma.

Solo que aprendí que puedo sentir todo eso y seguir avanzando igual.

Con cariño,

María Angélica Cossio